
Las algas fueron los primeros organismos capaces de realizar la fotosíntesis en la Tierra. Desde tiempos ancestrales se han utilizado como alimento, medicina y fertilizante, y hoy también pueden ayudar a la humanidad a mitigar el cambio climático. Aportan más de la mitad del oxígeno atmosférico, capturan CO₂, actúan como sumideros de carbono azul —reteniendo carbono durante milenios— y ofrecen alternativas biodegradables a los plásticos. Sin embargo, sus ecosistemas se encuentran gravemente amenazados.
En el sur de Chile, a partir de la segunda mitad del siglo XX, comenzaron a desarrollarse actividades productivas algüeras, impulsadas por la demanda internacional. Si bien no existen registros documentados del uso del pelillo (Agarophyton chilensis) por parte de los pueblos originarios, no puede descartarse su posible uso como fertilizante, práctica que, al menos en épocas más recientes, sí se utilizó en el cultivo de la papa.
Es en este contexto que se desató la “fiebre del pelillo” —una macroalga roja nativa— motivada por la producción del agar-agar, un compuesto de alto valor para las industrias alimentaria, cosmética, farmacéutica y biotecnológica. Chile exporta el producto procesado y en menor medida como alga seca. Los estándares de calidad incluyen un buen secado, ausencia de impurezas, y el rendimiento y calidad del gel resultante.
La explotación económica en la Ribera Norte del río Maullín comenzó en el verano de 1965, donde existía una extensa pradera natural de unas 300 hectáreas. Personas de todo el país llegaban a Maullín para trabajar durante las temporadas de verano en su recolección. El récord de producción se alcanzó en 1982, con cerca de 71 000 toneladas, mientras que actualmente difícilmente se superan las 20 000 toneladas. A fines de los años ochenta, para evitar la extinción del recurso, se implementaron normativas legales que concesionaron las riberas y fomentaron la acuicultura como alternativa a la recolección de un recurso ya sobreexplotado.

El pelillo crece en ambientes marinos y estuarios, en la zona intermareal y submareal, idealmente entre 2 a 5 metros de profundidad en marea alta. Se desarrolla en sustratos arenosos y fangosos, e incluso sobre rocas o cuerdas fijas. Su propagación puede realizarse por crecimiento vegetativo o mediante esporas. El primero permite trasplantar fragmentos directamente o en sistemas de sujeción, pero al tratarse de clones se reduce la diversidad genética, lo que vuelve al pelillo más vulnerable a plagas y cambios ambientales. El segundo método es a través del hatchery, donde las esporas se fijan sobre cuerdas en laboratorio. SERNAPESCA recomienda que al menos un tercio de cada cultivo provenga de esporas para revigorizar la población del alga.
La técnica de cosecha más utilizada es el buceo con “araña”, un implemento de hierro que barre el fondo sin arrancar, en lo posible, el alga completa. Todavía perdura la recolección de orilla, con implementos como el “quiñe” —un saco de red usado para cargar— y varas con ganchos para desprender el alga. Además, en la parte seca de la playa se ubican los “tendales” (redes sobre estacas) dispuestas para el secado.
Las principales plagas registradas en la Ribera Norte de Maullín han sido el Platynereis australis (a fines de los 80’), un poliqueto depredador que proliferó debido a la menor circulación del agua causada por los cerquillos —que luego fueron retirados—, y la Rhizoclonium spp., un alga verde filamentosa epífita que cubre el pelillo, favorecida igualmente por el confinamiento de las aguas. Esta última resurgió en 2020 y se mantiene hasta la actualidad. La contaminación humana, al incrementar los nutrientes disponibles, también favorece la expansión de estas plagas.
Actualmente, territorios rurales costeros como la Ribera Norte enfrentan el envejecimiento de su población debido a la emigración de su juventud en busca de mejores oportunidades laborales. Recuperar la producción del pelillo es fundamental para que su comunidad prospere, unidas tanto en el crecimiento como en la adversidad.
Durante los últimos años, SUBPESCA registra aumentos en la exportación del pelillo y el agar en su informe sectorial de exportaciones nacionales:

Considerando el retroceso experimentado desde el auge del sector, parece más que factible recuperar el terreno perdido. Pero para ello se requiere una coordinación público-privada, entre productores e intermediarios y, sobre todo, la alineación de las asociaciones de algueros. Solo así se podrán enfrentar la sobreexplotación, el manejo de plagas y la conservación del flujo del río para una producción limpia y sostenible a largo plazo. Es un desafío que, por su envergadura, solo puede encararse de forma unida. La ribera ha sido testigo del duro trabajo de sus pobladores. Si hay comunicación y un beneficio tangible para todos, no existen empresas imposibles.

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